Sáhara Occidental

Si hay un viaje que ha marcado el resto de mi vida, ése ha sido el Sáhara.

Durante 15 días tuve la oportunidad de vivir con una familia en los campamentos de refugiados de Tinduf, y poder enseñar español a los niños en los colegios. Sin duda, una de las experiencias más duras, difíciles y gratificantes que he tenido.

El voluntariado consistía en la realización de prácticas de 15 días que formaban parte de la carrera para aquellos que quisieran vivir esa experiencia. Aunque este no fue un viaje de turismo propiamente dicho, sí quería compartir con vosotros unas líneas sobre mis días en los campamentos.

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Foto de los voluntarios en el aeropuerto antes de coger avión a Argelia

Para llegar a los campamentos tuvimos que coger dos aviones, un primer avión nos dejó en Argelia y el segundo en Tinduf. Tras el primero contacto con la realidad, cogimos nuestras mochilas y nos llevaron en autobús hasta la que sería nuestra casa durante los próximos 15 días.  La primera noche recuerdo que la pasamos en un centro todos juntos, a la mañana siguiente ya nos alojaríamos con la familia que nos hubiera tocado en grupos de 4 voluntarios. Y así fue como al día siguiente conocí a las personas con quienes conviviría todo ese tiempo.

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Mi madre y padre saharauis así como mis compañeras voluntarias.

La familia estaba compuesta por cinco miembros, los padres, dos niñas y un niño. Nosotras dormíamos en su casa, ellos nos daban la poca comida que tenían, nos lavábamos el pelo cada 5 días y nos duchamos una vez en todo el tiempo que estuvimos.

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Mi hermana ayudándome a enjuagar el pelo.

 

A pesar de las condiciones de vida, nos adaptamos bien al entorno, el clima y después se nos hizo dura la despedida, ¡NO NOS QUERÍAMOS IR!.

Era más lo que habíamos aprendido que lo he íbamos a enseñar…..en el Sáhara ví esperanza e ilusión en los ojos de niños que sólo tenían un balón de fútbol para jugar, allí volví a ver la bondad humana al compartir lo que tenían con nosotras, allí descubrí las ganas de aprender que tenían los niños, allí contemplé el cielo más estrellado de toda mi vida, disfruté comiendo con los dedos, bebiendo té y tirándome por las dunas…

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Primos de la familia en la jaima.

 

Después de quince días,  puedo afirmar que esta fue una de las experiencias más humanas, bonitas y gratificante que he tenido en mi vida.
Realizar un voluntariado te llena como persona, te permite conocer la realidad sobre como viven los refugiados y ayudar en la medida de lo posible a la lucha de este pueblo.

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Niños saharuis con voluntarias después de realizar los talleres.